¿Por qué recordar hechos atroces en Coahuila y Jalisco?

La frase-consigna política sobre la rememoración “recordar para no cometer los mismos errores”, es apenas una pista ante estos cuestionamientos.

El 18 de marzo pasado se conmemoró a los desaparecidos de la Masacre de Allende y preguntarnos las razones para recordar un hecho atroz sigue siendo un debate sin solución.

En mi pasada colaboración hablé sobre los marcos sociales de la memoria y expuse lo que durante dos años estudié para dar cuenta con los recuerdos sobre la llamada, principalmente en medios de comunicación, Masacre de Allende.

Estos marcos, en resumidas cuentas, se tratan de las temporalidades (fechas), los espacios (lugares que evocan el recuerdo), y el lenguaje (las palabras que utilizamos para comunicar un recuerdo). 

Casi todos los recuerdos tienen estos tres componentes, si uno escucha con atención claro. 

No son los únicos marcos. De hecho, se puede hablar de la misma manera de las emociones y de las sensaciones corpóreas como otros marcos sociales de la memoria, pero aquí no ampliaré sobre esto.

La Masacre de Allende es un caso paradigmático que reconstruí colectivamente, de la manera más objetiva posible, por medio de la hemerografía, medios digitales y testimonios de colaboradoras, para cuestionar una versión oficialista que excluye y privatiza este operativo a un solo territorio (Allende, Coahuila), sin mencionar de manera integral las consecuencias que afectaron a toda la región norte de Coahuila y que era una generalidad en todas las regiones del estado.

La versión oficial en 2016 se cristaliza de la siguiente manera:

“[…] Se precisa que los ataques cometidos contra diversas familias de apellidos Garza, Moreno y Villanueva, y sus inmuebles, ocurridos en los días 18, 19 y 20 de marzo de 2011, en la ciudad de Allende, Coahuila y perpetrados por integrantes del Cartel de Los Zetas, no fueron realizados al azar, pues como se desprende de las investigaciones […] en la averiguación previa penal radicada en expediente número 045/2012, y que ha sido tomada en cuenta por las notas periodísticas, de medios nacionales e internacionales, se trató de una venganza planeada y estructurada, debido a que Alfonso Villanueva alias El Poncho o el Prieto y José Luis Garza alias El Wichin, quienes trabajan para dicha organización criminal, habían recibido la cantidad de ocho millones de dólares, mismos que no reportaron al grupo criminal, asimismo, se trasladaron a los Estados Unidos de América y se acogieron al programa de testigos protegidos” (Gobierno del Estado de Coahuila, p.15)

No obstante, la reconstrucción que hice de este caso recopila textos como el de borderline beat[1], fundamental para entender que hubo resistencias ciudadanas ante el silenciamiento que perduró durante años. 

Es un texto poco conocido y que no se le ha dado su debida importancia pública. Es ejemplo de la voluntad por verbalizar y dar a conocer este caso paradigmático.

Y el recorrido no fue fácil. Dar con esta clase de textos para saber cómo es que nos referimos a la llamada Masacre de Allende era de importancia fundamental para dar respuestas concretas al cuestionar una versión oficial de estas magnitudes. 

Yo me atreví a reconstruir un caso de 2011 para contrarrestarlo con los testimonios de todas las colaboradoras que fueron emblemáticas para esta investigación.

Es gracias a estos testimonios que nos damos cuenta que la lógica detrás de este accionar tan violento consistió en una planeación y ejecución de un operativo. Fue la búsqueda y destrucción de cualquier persona sospechosa de tener relaciones con los “testigos protegidos”. 

No obstante, los testimonios de personas habitantes de Allende, indican que no hubo como tal un conocimiento tácito de lo que estaba sucediendo. Había testigos -principalmente los más próximos a la violencia por ejemplo vecinos de las casas destruidas- de los saqueos de propiedades privadas, del fuego, de las detonaciones de armas.

Mi hijo tenía 3 meses de desaparecido y pues empezaron las quemazones y todo eso y pues nosotros ahí en la casa, o sea viendo, o sea viendo la madera y todo lo demás. Pero pues sí, teníamos mucho miedo, estaban pasando muchas cosas (María).

El desconocimiento fue tal que se desconocían las razones de dichos eventos. El 18 de marzo de 2011, para ciertas entidades públicas, como la CNDH o el Gobierno de Coahuila, marca el inicio de esta violencia. Sin embargo, como se observa en este fragmento, para María había comenzado desde enero. Este operativo de exterminio obedecía a una lógica de violencia que llevaba gestándose durante meses y años.

La verdad es que yo no me enteré de nada absolutamente. […] Pero no me enteré, en el momento no; porque nosotros estábamos en nuestras cosas. Te aseguro que mucha gente no se dio cuenta en el momento sino al otro día que empezamos a ver en el Facebook que la gente publicaba, transmitía en vivo de lo que estaba pasando. Entonces, obviamente sí hubo una psicosis (Isabel).

Con base en este testimonio, los medios digitales disponibles garantizaron una psicosis colectivizada. El contenido que se transmitía estaba relacionado con los saqueos, con la destrucción, con los “quemazones” que se veían a lo lejos.

Nosotros nos comunicamos con el alcalde, mi [familiar] se comunicó con el alcalde, dijo lo que estaba pasando, pero creo que el Alcalde estaba igual o peor. Como que no había mucho que se pudiera hacer normalmente (Irene)

El anonimato fue tanto que no se podía entender en ese momento qué es lo que estaba pasando y las razones de este operativo. Tuvieron que pasar años para entender que la violencia generalizada al norte de Coahuila, como caso regional paradigmático, tenía que analizarse desde la intermunicipalidad de esta región y lo binacional entre EUA y México.

La violencia generalizada y prolongada no se puede entender in fraganti precisamente porque, como lo registran estos testimonios, en ese momento no hay mucho que hacer más que sobrevivir. La teorización de la violencia, en pleno ataque de unos contra otros, resulta en una estulticia que pone en riesgo la vida propia y ajena.

No obstante, cuando la tragedia se acaba y hay tiempo para reflexionar, los cuestionamientos desbordan y las respuestas se agotan. Rememorar un caso como este implica cicatrizar o abrir heridas, ignorar la voluntad o buscar respuestas, ser escuchado o ser registrado. ¿Qué recordar cuando simplemente no hay escucha?

Rememorar colectivamente: dos apuestas contemporáneas

Entonces, situando estos saberes sobre la Masacre de Allende, este operativo exterminio, ¿por qué recordar hechos atroces?

Hace unos días, en Teuchitlán, Jalisco, se descubrió públicamente un centro de operaciones del crimen organizado. Un lugar de reclutamiento forzado, de entrenamiento forzado, y de exterminio. 

No hay suficiente información para averiguar cómo era su funcionamiento, su operatividad. No obstante, ver las fotografías de los zapatos de personas -analogía con el complejo Auschwitz-, las pertenencias personales que, cual actantes, comunican una humanidad “vaporizada” [2], sin futuro (recordando esa consigna política del movimiento punk “no futuro”); atemorizando por medio de la incertidumbre. Por ende, ¿qué de todo esto recordamos; para qué recordar semejantes situaciones?

Este panorama desolador es profundamente cuestionable. Quedarnos con las respuestas desactualizadas, ejemplificadas con las fases de “son daños colaterales”, “es guerra contra el narco”, refuerzan la inacción. El miedo.

¿Entonces para qué? La respuesta no es evidente ni autoexplicativa. Por lo tanto, los saberes se tienen que situar. La frase-consigna política sobre la rememoración “recordar para no cometer los mismos errores”, es apenas una pista ante estos cuestionamientos.

En el evento que organizó hace unas semanas FUUNDEC-FUNDEM (colaborando con Fray Juan de Larios, la Facultad de Ciencias Sociales de la UAdeC, Transporte Digno Saltillo, entre otros grupos), por la iniciativa de Diana Iris, madre buscadora de su hijo Daniel Cantú Iris, da para responder parcialmente la pregunta para qué. Diana lleva 18 años buscando a su hijo.

En medio de las prendas deportivas de Daniel Iris, acompañado por la presencia-ausencia de los cartelones de lxs desaparecidxs y las personas presentes, ocurre una rememoración colectiva que deja a todas las personas que estábamos ante aquella experiencia con una solemnidad atípica. 

La ropa de Daniel, las fichas de búsqueda, las pancartas con consignas políticas, las producciones artísticas, todas actantes, también son parte de la rememoración colectiva. El silencio producido ante aquella solemnidad -en un giro paradójico- formó parte de estas rememoraciones.

La evocación del recuerdo necesariamente parte de la relación social, de la interacción social, y le da nuevos contenidos a éstas. Se evoca al hijo de Diana desde su pasión como deportista, para verbalizar el horror desde otro lugar no-victimizante.

Rememorar colectivamente para comprender que esas personas desaparecidas no pueden ni deben ser “vaporizadas”. Que hablar del dolor no siempre obedece a la dinámica de víctima/victimario. Ver la agencia que tenemos, la voluntad para comunicarnos desde otros lugares que no son únicamente desde el dolor, el duelo, la ira. Escuchar desde el horror pero sin reproducir el horror.


[1] Borderland Beat. (26 de marzo de 2011). Obtenido de https://www.borderlandbeat.com/2011/03/missing-in-piedras-negras.html?m=1

[2] Este término lo rescato de un texto fundamental para entender la violencia totalitaria en una comunidad, 1984 de George Orwell. La “vaporización” se refiere a la acción del gobierno autoritario que elimina radicalmente la humanidad de una persona que afecte los intereses del partido. Se elimina cualquier rastro escrito, físico, material, simbólico e imaginario de la persona, a tal grado de que nadie tiene permitido hablar de esa persona. Era el peor castigo que podía recibir una persona en esta saga literaria.